“Estudien y trabajen para que nunca dependan de un hombre”, fue el consejo que mi papá nos dio a mi hermana y a mí. Hoy, siendo ambas madres y profesionistas, entendemos más que nunca el valor de esas palabras.
Porque ser madre y trabajar tiempo completo no es sencillo, es uno de los desafíos más grandes que puede enfrentar una mujer.
Cuando decidimos convertirnos en madres, pocas veces imaginamos cuánto cambiaría nuestra vida. La maternidad no solo trae un hijo al mundo, también da origen a una nueva versión de nosotras mismas: una mujer distinta, más fuerte, más sensible y, muchas veces, más cansada de lo que alguna vez creyó posible.
Los retos comienzan incluso antes del nacimiento. Para algunas mujeres, el embarazo llega fácilmente, pero para otras, el proceso puede ser largo y emocionalmente desgastante. Y cuando finalmente sucede, aparecen los miedos y las dudas del primer trimestre, la incertidumbre y el temor constante de que algo salga mal.
Después vienen los cambios físicos y el malestar. Aunque el embarazo no es una enfermedad, sí transforma el cuerpo y la rutina. Hay días en los que levantarse para ir a trabajar requiere más fuerza emocional que física; sin embargo, muchas seguimos cumpliendo horarios, responsabilidades y expectativas, aún cuando nuestro cuerpo ya no responde igual.
Y luego llega el parto, un momento imposible de explicar por completo hasta vivirlo. Ahí entendemos que nuestra vida ha cambiado para siempre, no solo porque nace un bebé, sino porque nace también una madre que ahora carga con la enorme responsabilidad de formar a otro ser humano.
La presión de ser perfectas
Pero quizá uno de los retos más difíciles no sea el embarazo ni el cansancio, sino las exigencias sociales que recaen sobre las mujeres.
Vivimos en una sociedad que espera que seamos extraordinarias en todo: madres presentes, profesionistas exitosas, parejas atentas, mujeres arregladas y, además, que recuperemos rápidamente el cuerpo que teníamos antes del embarazo. Opiniones sobre cómo vestirnos, cómo alimentar a nuestros hijos, cómo criar, cómo trabajar o cuánto tiempo dedicar a cada cosa aparecen constantemente; una presión que rara vez enfrentan los hombres de la misma manera.
Y cuando regresamos al trabajo, la carga se multiplica. La jornada laboral no termina al salir de la oficina, continúa en casa entre tareas, cuidados, pendientes y noches sin dormir. Por eso, muchas mujeres deciden dedicarse por completo al hogar, una decisión tan válida y respetable como cualquier otra, pero que deja muchas mujeres dependientes de un hombre y más vulnerables a sufrir violencia económica.
Sin embargo, también existimos quienes seguimos trabajando no solo por necesidad, sino porque amamos lo que hacemos, pues ejercer una profesión también forma parte de nuestra identidad.
Ser madre y profesionista nos recuerda que seguimos teniendo sueños, capacidades y metas propias; que nuestra inteligencia, esfuerzo y talento no desaparecen cuando nos convertimos en mamás.
Para mí, es importante que mis hijos crezcan viendo a una mujer feliz, comprometida con sus metas y orgullosa de su trabajo. Que mi hijo entienda que trabajar y perseguir sueños no es exclusivo de los hombres, y que mi hija aprenda que ser mujer no significa limitarse a un solo rol.
Lo que necesitamos no es que todas las mujeres elijan el mismo camino, sino una sociedad que deje de juzgar nuestras decisiones porque no todas vivimos las mismas circunstancias, no todas tenemos los mismos privilegios y, definitivamente, no todas soñamos igual.
Hoy estoy lista para darle a mi hija el mismo consejo que mi padre me dio hace muchos años, pero con una diferencia: ahora sé que el ejemplo tiene mucho más poder que las palabras.
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